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MSPE por OVO

El día que cumplía 43 años me lo pasé llorando. Y no porque me sintiera vieja, sino porque no había conseguido mi sueño: formar una familia. ¡Y lo peor es que con los años se me habían acabado las esperanzas de tenerla! Lloré mucho, mucho. No tenía consuelo. Al cabo de once días quedé con unos amigos en el Museo del Prado. Ese día conocí a un hombre, amigo de mi prima, soltero con un hijo de 10 años al que había adoptado con 6. Me quedé pasmada, no podía dejar de mirarlos, y me dije: “Si él ha podido, ¿cómo no voy a poder yo? ¡Esto es lo que estoy buscando desde hace tanto tiempo!”                

A partir de entonces mi vida cambió para siempre. Tomé la decisión en un tiempo récord. En dos meses tenía hechas analíticas, había consultado en dos clínicas y había pedido cita en mi Comunidad para recibir una charla sobre adopción. Sentía que no podía perder el tiempo, después de tanto “buscar”, de tanto esperar…                 

El primer jarro de agua fría llegó cuando me dijeron que con mi edad era “imposible” quedarme embarazada. Mis hormonas funcionaban muy bien, pero los óvulos eran tan viejos como yo, de modo que tenía que ir a ovodonación. No me lo podía creer: según las clínicas, sólo con haber empezado dos años antes habría tenido posibilidades, pero después de los 42 no había nada, todo terminaba en aborto. Aún así aposté por una FIV con mis óvulos, para la que ya tuve que hacer un gran esfuerzo económico. Sólo de pensar que estaba en el camino de conseguir mi sueño, me sentía feliz, estaba eufórica.                 

Mi respuesta ovárica era muy buena, obtuvieron muchos ovocitos y me implantaron tres embriones. Ninguno se quedó, ni había rastro de que hubiera habido embarazo, por lo que me volvieron a proponer la ovo. Sentía un dolor especial al pensar que mi hijo/a no iba a tener mis genes, que no se parecería a nadie de mi familia, que se lo tendría que contar algún día y que quizá me rechazara por haber tomado esa decisión. Todo eso pasaba por mi cabeza y me paralizaba el miedo. Pero por otro lado, yo no podía esperar más. Ya era muy mayor para ser madre, mi hijo o hija nunca me conocería joven, sin arrugas. Si me dedicaba a sacar dinero de debajo de las piedras y hacía varios intentos más con mis óvulos, podría llegar a ser madre pero con mucha más edad, tendría menos energía para criarle e incluso podría no conseguirlo nunca… (A esas alturas ya había descartado la adopción, por lo duro y largo que iba a ser el proceso).                

Había una donante preparada ya (cosa rara, pues suelen tardar en conseguir a alguien) y al mes siguiente estaba haciendo mi primera ovo. Me quedé embarazada a la primera, pero tenía tan bien las hormonas que se quedaron los dos embriones que me puse. Y tuve a mis mellizos totalmente sanos al cabo de 8 meses. Dudé mucho durante todo ese tiempo. Pensé muchas veces que debería haber intentado otra FIV, que otras mujeres de mi edad habían conseguido ser madres con sus óvulos, que quizá me precipité, que quizá no los iba a querer igual que si tuvieran mis genes… ¡Tantas cosas!                

Hasta que una noche, cuando tenían 5 meses y dormían en sus cunas, me quedé mirándolos: ¡qué hermosos eran, cómo llenaban mi vida, cuánto amor por dar y por recibir! Y no sé por qué entonces pensé en sus dos donantes: sentí por ellos una enorme gratitud, porque sin ellos yo no tendría ahora a mis dos peques; porque sin ellos, mis hijos no serían quienes son, serían otros. Y porque sin ese hombre y esa mujer nunca habría conseguido mi mayor sueño: mi familia.                

Sigue habiendo preguntas, pero la vida nos irá dando sus respuestas.

Amelia (Madrid)

MSPE de un niño y una niña de 4 años.

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